4 junio, 2020

Solo Buen Periodismo

Reivindicamos el compromiso con la sociedad

El califa ha muerto. Larga vida al califa.

Foto: (C)Colectivo Prometeo


Hay hitos que marcan la vida de las personas. Por encima de los desarrollos y logros personales y profesionales, esos hitos pueden acabar siendo condicionantes de la existencia. Estos hitos, a veces, no son hechos singulares, sino una pléyade de acontecimientos que se anudan de un modo u otro para acabar tejiendo nuestra historia de vida. Para Julio Anguita González pudo haber muchos hitos, pero sin duda dos de los más destacados fueron los problemas cardiovasculares y la muerte de su hijo Julio al Sur de Bagdad durante la guerra de Irak en abril de 2003.


Si una enfermedad coronaria te cambia el paso del reloj de la vida, la muerte de un hijo en el marco siempre incomprensible de la guerra, deja al borde de un abismo esa maraña de palabras que quedaron sin decir; hace brotar el pensamiento instintivo que señala que un padre no debería enterrar jamás a un hijo y abre una quiebra en ese espacio resiliente donde reside el amor; una quiebra que ninguna brea moral o vital puede terminar por llenar nunca.

Julio Anguita González, fue, por encima del político, el maestro. Maestro e historiador de profesión y de vocación. El ‘califa rojo’ como le bautizaron los medios de comunicación en su etapa como regidor de la ciudad de Córdoba, a este malagueño de cuna, criado a la sombra de los ‘cuarteles’ familiares, le venía siempre pequeño el conocimiento; ese mismo conocimiento que a otros muchos políticos de su tiempo le venía siempre grande. Como él mismo señalaba, ante ese descrédito de la Historia por parte de los políticos ignorantes “la Historia es la explicación del presente. No entiendo a los que presentan la crisis como algo que ha venido sin saber cómo, tiene su historia y sus responsables”

El interés político inherente a los estudios de historia es de sobra conocido entre algunos grandes pensadores, y es que existe un abismo insondable entre el político de casta, y el pensador. Sin duda Julio Anguita pertenecía a este último grupo, incluso siendo un historiador dedicado a la política, o un político dedicado a la docencia y la pedagogía.

Miembro del clandestino Partido Comunista de España desde 1972, formó parte de su Comité Central en Andalucía desde su legalización en abril de 1977. En el mundo de la política hay en esencia dos grandes tipos de políticos. Por un lado, están aquellos que llegan a la política sin oficio y con la expectativa del rápido beneficio. Por otro, están aquellos que aportan al oficio de la política su propio oficio y el bagaje de lecturas que después añadirán a su trabajo por la ciudadanía. Julio Anguita era uno de estos últimos, como también lo fue, Jose Antonio Labordeta. Lamentablemente ninguno de los dos, de verbo fluido y pensamiento formado, podrán ayudar a España a navegar las procelosas aguas de la post-pandemia que navegamos. ¡Y bien en falta que se echará en lo político y en lo social, ese verbo basado en fundamentos y hechos y no solo en la vorágine neoliberal del capital bañado con la corrupción instalada en un sistema que hace aguas por los cuatro costados!

No sería mal momento para glosar juntas ambas vidas. A Labordeta y a Anguita les unían muchas cosas. Hay, empero, un nexo común en sus vidas, el torrente de saber meditado y digerido que ofrece el conocimiento y el magisterio de la Historia. Porque no hay peor saber que el que no se tiene, o aquél que se adquiere pero no se digiere. A los dos les unía, además de un talante progresista de izquierdas y de una profunda formación, el enfrentamiento abierto contra las guerras. Contra todas las guerras. “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”, señaló Julio Anguita al recibir la noticia de la muerte de su hijo…y “a la mierda” mandó, harto, a sus señorías de la derecha, el diputado Labordeta en pleno debate sobre la guerra cuando era increpado de forma soez e iracunda por una bancada de necios en la que, por desgracia, algunos pasaron por la Universidad sin que la Universidad pasara por ellos.

Anguita fue el primer y único alcalde comunista de una capital de provincia en tiempos post-franquistas, porque decir en tiempos de la democracia, como muchos medios escriben, es insultar a la verdadera democracia que fue vilmente asesinada el 18 de Julio de 1936; insultar a la Historia para hacer creer a la ciudadanía que la democracia fue un descubrimiento de la Transición tardo-franquista y que antes no había más que vacío y atávico salvajismo en España.

Consiguió Anguita convertirse en regidor de Córdoba en las municipales de 1979 con un gobierno de coalición que no estuvo exento de tiranteces desde el primer momento. Tiranteces que marcarían para siempre sus relaciones con el Partido Socialista y que se manifestaron de forma más contundente con la llegada de Felipe González a la presidencia del gobierno en 1982.

Con cierta visión de futuro, Anguita se enfrentó a González al negarse a aceptar lo que sería un caramelo envenenado que aún pagamos en España, el impulso del sector de la construcción desde los consistorios españoles como solución al problema del paro.  Anguita abogaba más por la gestión urbana desde un punto de vista sostenible y organizado, algo que chocaba con el universo del ladrillo y el hormigón que abocó a España, con el tiempo, a la crisis más desastrosa de nuestra Historia y que está en vías de volver a conducirnos al mismo atolladero.

Su política podría definirse como una manifestación de la utopía tratando de imponerse al hambre del capitalismo. Así lo reconoció durante el XV Congreso del Partido Comunista de España, cuando abandonó la secretaría general del partido pidiendo a la militancia que reivindicase los principios anticapitalistas y antisistema y que jamás abandonase la lucha por una sociedad más justa e igualitaria. Fue él, no hay que olvidarlo, quien puso bajo el mismo collar político al Partido Popular y al Partido Socialista. También fue uno de los pocos políticos que, en un ejercicio de coherencia, tras más de ocho años como parlamentario, renunció a la nutrida pensión como diputado. El haber tenido oficio, el haber sido un trabajador metido a política y no un político profesional sin más interés que el beneficio que pudiese sacar de la politica, le permitió este gesto de honradez y ética. Todo ello parte de esa utopía que se manifestaba en la obra “Contra la ceguera: cuarenta años luchando por la utopía”, escrito a cuatro manos junto al periodista Julio Flor. Porque, como él mismo señaló en la presentación de la obra, “La utopía es técnicamente posible, pero hay que luchar contra la ceguera”

Anguita defendió siempre la necesidad de refundar la izquierda. Fundamentaba su creencia en la certeza de que sindicatos y partidos de izquierda se habían entregado sumisamente al capitalismo propugnado y mantenido por el orden establecido. Defensor de la III República, del federalismo y de la democracia radical, ahora deberá ser el futuro quien dilucide si el surco que deja abierto podrá ver germinar algún brote de esperanza en este desolador y distópico futuro hacia el que la post-pandemia nos conduce.

Y es precisamente en esa etapa de pandemia en la que hemos perdido al ‘profesor’, donde podemos buscar sus últimas reflexiones acerca de lo que tenemos por delante. Quizás en esas últimas ideas, propuestas y luchas es donde podamos encontrar uno de los legados más coherentes con el mañana.

Hace poco menos de una semana, en una de sus últimas entrevistas, y justo al culminar el manifiesto en el que estaba trabajando junto al Colectivo Prometeo, atendía a la Cadena Ser.

Anguita proponía para hacer frente a la crisis sanitaria, económica y social que enfrentamos, en esta “crisis de civilización”, como él la denominó,  “una reforma fiscal fuerte, donde las grandes rentas aporten más”


Vamos a ver qué pasa aquí con los fondos buitre, qué pasa con los que no pagan los impuestos, qué pasa con los paraísos fiscales o qué pasa con los maletines de dinero que los patriotas se están llevando de este país


Y centraba claramente esa crisis de civilización como un efecto del cambio climático que es quien produce estas pandemias. “Y esto es así porque hemos alterado el ciclo de la naturaleza”, señalaba.

Y ante el reto del futuro, señalaba Julio Anguita que “de como salgamos del hoy, va a ser el mañana. Si del hoy salimos mal, el mañana no será bueno. Y pensemos que en el mañana están nuestros hijos y nuestros nietos y las futuras generaciones que tienen derecho a que no les dejemos miseria, dificultades y grandes problemas, a veces irresolubles”, señalaba en su última intervención pública en un vídeo casero donde presentaba el manifiesto en el que trabajó con el Colectivo Prometeo.

Ante la crisis que se avecina, Anguita sostenía que “la respuesta no puede ser de los gobiernos solos. La respuesta también debe ser una respuesta social. Ya no volveremos a los tiempos pasados”. Y es precisamente en esos tiempos de futuro donde Anguita veía reflejada esa parte de su lucha utópica de cuatro décadas, porque “tras esta pandemia, todo el mundo debe tener, como dice el mandato de las Naciones Unidas, un techo, un trabajo, una educación, la alimentación y la salud”

Su visión de las causas que nos han traído debilitados a esta pandemia tenía un carácter demoledor. Era consciente, y capaz de defenderlo públicamente, de que el problema deriva, esencialmente de que “nuestra economía sufre las consecuencias de tener sólo una industria: el turismo”. “Hay que buscar otro tejido productivo que no sea el turismo, que aguante mejor las futuras crisis”, y por eso, señalaba a la Cadena Ser, “el gobierno, el que sea, este u otro, tiene que tirar para adelante y tiene que saber que los más desfavorecidos no pueden aportar los sacrificios y que los que más ingresan sí tienen que aportar sacrificios”. Para ello estaba convencido de que “necesitamos una disciplina ciudadana que entienda que hay que buscar otras maneras de vivir. Esto supone una revisión de nuestro modelo de vida, porque el que nos ha traído hasta aquí es insostenible. El criterio de desarrollo económico tiene que ser puesto en cuestión. El planeta no puede admitirlo. No podemos volver a lo mismo. No podemos pretender que cuando pase la pandemia, volvamos a lo mismo que había. El cambio climático, que es el origen de todo esto, está ahí.”

Julio Anguita, un hombre de propuestas

Era Anguita hombre y un político de propuestas. Que no gustasen, sobre todo al poder establecido, no quiere decir que no fuesen abordables. Hace unas semanas no dudaba en tildar a la oposición de francotiradores, y a esa misma oposición le recordaba que cuando se piden responsabilidades hay que tener en mente que “también los que privatizaron la sanidad en Madrid tienen su responsabilidad en la crisis”. Porque esta crisis del coronavirus tiene unos antecedentes, tiene unas causas y para que no se repita, debemos ir a ellas.


Para mí, ser rojo es una apuesta, una visión del mundo. Me moriré siendo rojo. Y además, nunca me he comido un niño

Julio Anguita

“Vamos a ver qué pasa aquí con los fondos buitre, qué pasa con los que no pagan los impuestos, qué pasa con los paraísos fiscales o qué pasa con los maletines de dinero que los patriotas se están llevando de este país” señalaba recientemente.

Sobre la política y los gobiernos, era contundente. “Los gobiernos son fuertes si hacen lo que tienen que hacer. Los que tienen más que yo, tienen que pasar primero a pagar”. Por eso planteaba Anguita que este es el momento de “hacer política con alternativas. Porque no vale sólo con el bulo y la mentira. Hay que protestar, pero con alternativa, y jamás analizar con el análisis de la ideología porque eso es un error, porque la mejor manera de suicidarse colectivamente es buscar a un culpable en los momentos difíciles” Y eso, Anguita, lo sabía bien. Él sabia de suicidios y de políticas que apoyándose en las guerras llevaban a la muerte.

Su preocupación para el futuro inmediato y para hacer frente a la crisis pasaba por aceptar la necesidad de una “reforma fiscal que incluyese la persecución de los paraísos fiscales. Acabar con los privilegios a la hora de pagar impuestos y marcar una fiscalidad fuerte, sin temor a los poderosos. Una fiscalidad en la que los que más tienen tienen que pagar más. Incluso si fuese necesario, se debería nacionalizar la banca”

Video presentación manifiesto del Colectivo Prometeo desde el confinamiento por la COVID-19

Como uno de los portavoces del Colectivo Prometeo, su última colaboración ciudadana, defendía la necesidad de leer el manifiesto ‘El hoy y el mañana: razones para nuestro compromiso’. En él se hace un “llamamiento a las fuerzas de la política, la sociedad y la cultura, justo en éste momento de crispación que están aprovechando algunas fuerzas políticas y en el que hace falta serenidad reflexión y sopesar razones, porque en estos momentos, en España hay demasiada visceralidad”

Lamentablemente, la realidad política de España se muestra ubicada en un modelo casi diametralmente opuesto al que propugna el manifiesto en el que Anguita tanto trabajó. Así, la Ética y sus principios morales, que en el manifiesto se dan como inherentes a la función pública, parecen negar su necesario protagonismo en esta situación tan dramática. Y sin esos principios morales en lo público, parece difícil que la sociedad civil sea consciente de que su fundamento está precisamente en la ética cívica.

Legado y testamento para el futuro

El manifiesto recoge perfectamente su legado y propuesta, algo que, condensado por el alambique de los años y la refinada sabiduría del destilado de la vida, se advierte cuando el colectivo señala que “la salida a la crisis se fundamenta en tres pilares inobjetables: la aplicación, desarrollo y ampliación de los derechos humanos, poner freno al proceso de cambio climático y la regulación de una nueva relación entre el ser humano y la Naturaleza. Pero tal propuesta, a nuestro juicio la que responde a las necesidades y exigencias de momento, necesita del ejercicio de la austeridad. La austeridad no es recorte en bienes y servicios públicos necesarios. La austeridad significa Administraciones Públicas que eliminen gastos superfluos, innecesarios e inútiles. La austeridad como valor público y como corresponsabilidad social con la defensa del medio ambiente, significa vivir bien, pero con otros parámetros de vida.

Casi proféticamente, señalaba junto a sus compañeros de colectivo en este manifiesto que “la pandemia ha hecho florecer en nuestro país junto con la entrega, el altruismo y sentido de la responsabilidad de la mayoría social, una peculiaridad hispana en forma de enfermedad política oportunista: el discurso de odio guerracivilista generado por los responsables máximos de las organizaciones de Derechas. Y todo ello ha tenido como expresión la imposición de un patriarcado anulador de los derechos de la mujer, el clericalismo más rancio y el llamado “franquismo sociológico”, magma ideológico-social muy anterior al dictador, pero que se materializó en torno a su persona. La injuria zafia, la simpleza de sus propuestas y los bulos, en cuya difusión siguen a rajatabla las tesis del aparato de propaganda nazi. Sus objetivos son crear confusión, potenciar los prejuicios contra el “otro”, el “rojo”, “el homosexual”, “la mujer “ o “el inmigrante”. Pero sobre todo, el objetivo máximo es perpetuar los privilegios sociales y económicos del estatus que los dirige”

Y en ese aspecto profético, recordamos como nunca a aquél Julio Anguita de los inicios de los años 90, el mismo que en una entrevista concedida al diario El País en Agosto de 1991 se reconocía reivindicando el papel profético de la izquierda. Ese papel en el que como él reconocía, “el profeta no era un loco, era alguien que decía: “Ojo”, y lo mataban. Pero luego ocurría lo que había dicho, y si no se le había hecho caso aparecía el fascismo. Y luego somos los rojos los que nos echamos al monte para defender las libertades” y concluía, “para mí ser rojo es una apuesta, una visión del mundo. Me moriré siendo rojo. Y además, nunca me he comido un niño”

Y a fe cierta que Julio Anguita ha hecho justicia a lo que señalaba. Ha muerto rojo y como un profeta visionario. Ese profeta que él mismo reconocia en el apodo de “el junco”, que le daban algunos; ese que podía discutir de la estrategia, pero jamás ceder sobre sus principios. Ese profeta que avisaba hace casi tres décadas sobre el fascismo al que definía como “un zarandeo, y la revolución otro que viene después”. Y acababa dibujando un futuro que entonces parecía distópico a muchos y que hoy se revela cada vez más inquietantemente real. Porque como él señalaba en 1991, “esta sociedad acomodaticia sobre un volcán será arrasada”. Y el tiempo, por desgracia, parece haberle dado la razón.

Sit tibi terra levis

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