4 junio, 2020

Solo Buen Periodismo

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¿Es el SARS-CoV-2 el ‘virus mutante de máxima malignidad’ de Kilbourne?

Ante la afluencia de comparaciones entre pandemias históricas y las alarmantes noticias sobre la expansión de la COVID-19, es necesario sentarse con calma a reflexionar y dejar que el sentido común, la prudencia y la responsabilidad actúen.

Frente a las noticias diarias que tratan de ensombrecer los datos optimistas que se van conociendo sobre la pandemia, la realidad y el sentido común merecen imponerse a las voces alarmistas, catastrofistas y apocalípticas que tratan de vencer la moral y quebrar la responsabilidad de los ciudadanos de todo el planeta.

Aún cuando el número de muertos es terrible e inasumible para cualquier nación, con cifras que superan los doscientos mil fallecidos, y con tasas de infección tampoco desdeñables, superiores a los 3,3 millones de personas, es obligado detenerse a reflexionar con calma y cautela. Es también el momento de dejar de consumir, como inusitados necrófagos, la retahíla de cifras e imágenes del lado más oscuro de la pandemia. Porque esta pandemia, como todo en la vida, es poliédrico y está pintado en una paleta cromática bastante más extendida que la escala de grises que algunos quieren hacernos ver.

Aún cuando estamos en las fases iniciales del que podría ser el primer brote detectado de COVID-19, es muy importante atender a lo que indican los datos oficiales conocidos, así como utilizar el sentido común para clasificar la pandemia que estamos enfrentando.

En primer lugar, la tasa de infección declarada y detectada es realmente muy baja. En torno al 0’04% de la población mundial ha manifestado ante algún centro público oficial la enfermedad. Esto no implica que el número real de infectados sea ese, pero sí añade una interesante perspectiva al tratamiento de la pandemia. Si aceptamos que el porcentaje de infecciones puede, o incluso debe, ser mucho mayor en el mundo, debemos admitir igualmente que el número de curaciones también lo es.

Estamos, por tanto, ante una infección peligrosa, de un virus de la familia de los coronavirus, ciertamente novedoso y por tanto difícil de aislar y combatir. Y este dato es también relevante. Hasta la fecha se han podido identificar en el mundo 39 especies de coronavirus. El SARS-CoV-2, no es más que una de ellas.

Pero ¿qué es un coronavirus? El coronavirus es una subfamilia de virus ARN monocatenario positivos perteneciente a la familia Coronaviridae. Estos virus dan lugar a enfermedades que primaria y principalmente pueden infectar aves y mamíferos produciendo una serie de enfermedades respiratorias y digestivas, muchas de ellas letales. Los coronavirus también pueden infectar al ser humano causando enfermedades muy diversas que cursan desde el resfriado común hasta enfermedades más graves, fundamentalmente del sistema respiratorio, como la bronquitis, bronquiolitis, neumonía, el conocido como síndrome respiratorio de Oriente Medio o MERS, el síndrome respiratorio agudo grave, o SARS, y la COVID-19 -que en el fondo, de momento, no es más que una derivación de este último síndrome-. Por lo tanto, aunque la cepa de este coronavirus pueda ser considera ‘novedosa’, está imbricada en un conjunto de virus que son viejos conocidos del ser humano.

Otro dato de gran importancia es que la mayoría de los seres humanos se infectan con estos virus en algún momento de su vida…y la mayor parte de ellos ¡sobeviven!

También es un gesto de higiene mental hacer una breve reflexión cuando algunos gobiernos y medios de comunicación nos inundan con escenarios apocalípticos y noticias alarmistas. Por ejemplo, cuando comparan la situación actual con una guerra. O cuando se alzan voces recordándonos otras epidemias, pandemias o ‘maldiciones bíblicas’ de todo calado. En todos los casos se trata de estrategias simplistas que persiguen dos propósitos fundamentales: alarmar y acaparar la atención.

La tasa de infección detectada es realmente muy baja. En torno al 0’04% de la población mundial

Ambas estrategias están ligadas con la difusión del miedo. El miedo a lo desconocido; el miedo a la enfermedad; el miedo a la muerte. En definitiva, el uso del miedo es una vieja estrategia asociada a la manipulación primaria de la voluntad del ser humano. El miedo nos hace reaccionar de forma conservadora o incluso nos lleva a ser incapaces de reaccionar frente a presiones, abusos o restricciones de derechos. Hay que ser cauto, por tanto. Cauto, pero también responsable. En ello se fundamenta la superación de una pandemia. También crítico, evidentemente, porque de la crítica constructiva pueden generarse interesantes espacios de debate, propuestas de cambio o incluso estrategias de supervivencia.

Pero…¿es comparable realmente esta pandemia a alguna de las otras pandemias que los gobiernos y los medios de comunicación nos han estado recordando, casi sin descanso, en los últimos meses?

Sin necesidad de retrotraernos a los tiempos prehistóricos ni a la Edad Moderna, con su ristra de temidas pestes, podemos hacer un sucinto recorrido por encima de las principales pandemias conocidas desde el siglo XIX.

A grandes rasgos, el Siglo XIX se vio asolado por cinco grandes pandemias de cólera. Algunos historiadores y científicos coinciden en que ésta enfermedad y la tuberculosis o tisis, fueron las grandes enfermedades del siglo del romanticismo.

Otro gran virus que asoló el planeta fue el de la viruela, que en cinco años -entre 1870 y 1875- generó un número muy elevado de muertes e incluso llegó a diezmar poblaciones enteras. Ya en el siglo XVI, los Imperios coloniales habían exportado esta terrible enfermedad a los nuevos territorios descubiertos, sobre todo a América, donde la enfermedad se estima que se cobró 56 millones de vidas.

Puede que este no sea el virus super-asesino que estamos esperando.

R. Marantz Henig

Si nos centramos en las pandemias que más se han empleado como comparación con la COVID-19, es fácil ver que no son comparables en cuanto se atiende a su contagiosidad, extensión territorial y sobre todo letalidad. La denominada ‘gripe rusa’ se extendió desde Rusia por Europa en 1889 y en un sólo año se cobró cerca de un millón de vidas.

Entre 1918 y 1919, otro brote de gripe, conocido como ‘gripe española’, una influenzavirus del tipo A subtipo H1N1, se extendió por todo el mundo causando más de setenta millones de víctimas.

Medio siglo después, entre 1957 y 1958, la denominada ‘gripe asiática’ provocó la muerte de dos millones de personas; casi las mismas que causó, entre 1968 y 1969 otra variación de la influenza -en este caso un influenzavirus A subtipo H3N2– , conocida como ‘gripe de Hong Kong’.

La gripe, azote sin duda de la humanidad moderna, volvió a golpear al planeta entre 2009 y 2010, de nuevo en forma de influenzavirus A subtipo H1N1, que hizo saltar todas las alarmas mundiales y acabó, según datos estimativos, con la vida de más de medio millón de personas.

El MMMV (virus mutante de máxima malignidad) sería un virus más contagioso, más letal e imposible de controlar, que fuese estable como el poliovirus, altamente mutable, como la influenza, con un amplio rango de hospedaje, como la rabia y de larga latencia como el virus del herpes.

Edwin D. Kilbourne

Y es importante reseñar este caso y este ejemplo, como lo es destacar que el número real de infecciones y muertes varía entre los datos oficiales y las estimaciones. Es importante porque es un marco pandémico de referencia directa e inmediata para la COVID-19. De referencia, lo que no quiere decir de comparación directa.

En noviembre de 2009 se confirmaron 622.482 casos de la enfermedad. En Agosto del año siguiente, las fuentes oficiales confirmaron 18.449 muertes. Pero las estimaciones, sin datos contrastados, señalan que entre 700 y 1400 millones de personas fueron infectadas por el virus, habiendo costado la vida a entre 150.000 y 575.000 personas. Un interesante dato a destacar es que la ‘gripe A’, como vino a denominarse esta pandemia, tuvo su cepa de origen en Estados Unidos y México.

Además de las gripes, la pandemia del SIDA (VIH), aún latente, se ha cobrado más de 30 millones de muertes desde 1981 y tiene, nadie puede negarlo, una extensión mundial más que preocupante. Tampoco debemos obviar el uso de los retrovirales del VIH en el tratamiento de algunos casos de la COVID-19; lo cual es también un dato relevante, pues indica que no nos enfrentamos a un virus totalmente desarmados, sino que la medicina y la ciencia, por fortuna, cuentan con armas destacadas, y que funcionan, para dar la primera batalla a los virus.

Sin restar importancia a la pandemia de la COVID-19, la primera evidencia que se nos presenta en esta comparación es que, tanto a nivel de infección como de letalidad, la pandemia que estamos viviendo no es comparable realmente más que a la anterior pandemia de ‘gripe A’, quedando aún lejos las cifras de letalidad de las anteriores pandemias de gripe, de la pandemia del SIDA o incluso de la más lejana pandemia de varicela.

¿Qué otro dato podemos sacar en claro de esta comparación? Algo en lo que los científicos vienen trabajando desde hace décadas. Se asume, en el ámbito académico y científico, que en algún momento habrá una mutación asociada al influenzavirus, al coronavirus o a algunos de los virus capaces de hacer el salto interespecie, cuya carga de contagio y letalidad sea similar a la de aquellas primeras cepas rusa, española y hongkonesa y arrase parte de la humanidad. Es un escenario, pero también es una cada vez más clara posibilidad. El SARS-CoV-2, ha venido a confirmarlo.

Debemos atender más al medio ambiente y su cuidado, al mantenimiento de los servicios de salud pública y a la investigación; debemos invertir más en energías limpias y renovables y dejar de masacrar el medio natural que actúa como laboratorio natural, al tiempo que magnífico aliado, en la lucha contra los virus.

Científicos de la talla de Edwin D. Kilbourne ya avanzaron datos y pronósticos, hace décadas, sobre este asunto. Él mismo acuñó el término MMMV ‘maximally malignant (mutant) virus‘ (Virus mutante de máxima malignidad) en su obra de 1986 ‘Genetically altered viruses and the environment’ (Virus genéticamente alterados y el medio ambiente), donde avisaba sobre la pesadilla de un virus más contagioso, más letal e imposible de controlar, que fuese estable como el poliovirus, altamente mutable, como la influenza, con un amplio rango de hospedaje, como la rabia y de larga latencia como el virus del herpes.

Quizás el coronavirus que causa la COVID-19 no sea este MMMV que definiese el Dr. Kilbourne, pero como señala Robin Marantz Henig, autora de la obra ‘A dancing Matrix’, de 1990, “se le parece bastante”. Y esta semejanza preocupa. Preocupa hoy como preocupaba, hace más de dos décadas al Dr. Stephen Morse la generalización de virus de rápida mutabilidad y expansión, como señaló en su obra ‘Emerging viruses’. Y preocupa porque siglos de destrucción del medio ambiente, de guerras continuadas y ‘deslocalizadas’, de una economía tan global como salvaje y de la maravillosa interconexión facilitada por el tráfico aéreo, han venido dibujando el escenario adecuado para ese apocalipsis hollywodiense que de tantas veces descrito y visto en las pantallas, ahora nos parece imposible asumir como real.

Quizás, como decía Marantz Henig, este no sea el virus super-asesino que estamos esperando. Quizás esa sea la nota de optimismo y pragmatismo que podamos sacar de esta pandemia que ahora amenaza con destruir, sobre todo, la ‘sólida’ base económica del ‘estado del bienestar’ sobre la que habíamos cimentado un futuro tan inestable como caótico. Quizás sea esta una alarma a tener en cuenta, no para vivir aterrorizados, ni para instalarnos en el miedo fácil, o en la creencia ciega de todo lo que leemos o escuchamos, sino para abrir los ojos y comprender que debemos atender más al medio ambiente y su cuidado, al mantenimiento de los servicios de salud pública y a la investigación; que debemos invertir más en energías limpias y renovables y dejar de masacrar el medio natural que actúa como laboratorio natural, al tiempo que magnífico aliado, en la lucha contra los virus.

Pero quizás, la lección más importante de todas, sea comprender y aceptar que somos una especie más en un planeta habitado por miles de billones de seres vivos, y que como todos ellos, estamos supeditados a la cadena natural y a la dinámica trófica: a las leyes invariantes de la naturaleza y que como seres vivos, también somos finitos, perecederos…y aniquilables.

Somos una especie inteligente; demostremos nuestra inteligencia comprendiendo qué es comparable con qué y qué es necesario modificar en el escenario trágico en el que nos hemos visto ubicados. El futuro, como siempre, o quizás ahora más que nunca, está en nuestras manos. O mejor, en nuestros cerebros…que deben leer con inteligencia, pensar con cordura y actuar con resolución.

Para Saber más…

La familia del coronavirus

Para comprender por qué este virus no es un arma biológica (Publicación científica ‘The proximal origjns’ of SARS-CoV-2 en la Revista Nature -en inglés-)

Para comprender por qué este virus no es un arma biológica escapada de un laboratorio. ‘The proximal origins of SARS-CoV-2 Revista Nature (en inglés) Andersen, K.G et alii (2020)

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