10 julio, 2020

Solo Buen Periodismo

Reivindicamos el compromiso con la sociedad

©Kristina-Tripkovic

Una de las preocupantes alarmas que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha publicado recientemente está relacionada con la salud mental y en concreto con el riesgo de aumento de casos en los que se vea comprometida la salud mental de la población en los próximos meses debido a la COVID-19, a los procesos de confinamiento asociados a la enfermedad y a la crisis económica y social que afrontaremos en los próximos meses y años.


El Director General de la OMS, Dr. Tedros Adhanom Ghnreyesus, ha señalado recientemente que “el impacto de la pandemia en la salud mental de las personas es extremadamente preocupante”, sobre todo en relación con ”el aislamiento social, el miedo al contagio y la pérdida de seres queridos y las no menos preocupantes y traumáticas circunstancias derivadas de la pérdida de ingresos y, a menudo, del empleo”

Los informes señalan un claro incremento de los síntomas asociados a la depresión y a los cuadros de ansiedad. Un estudio realizado el pasado mes de abril en Etiopía y del que da cuenta la OMS, señala que se ha detectado un incremento en la prevalencia de los síntomas depresivos al menos tres veces superior al detectado antes de la pandemia.

Existen, además, grupos de población con un riesgo particular en relación a los desórdenes psicológicos provocados por la COVID-19. Los trabajadores sanitarios situados en la primera línea de lucha, generalmente sobrecargados de trabajo y enfrentados a la toma de decisiones de vida o muerte, así como constantemente expuestos al riesgo al contagio, son uno de los grupos de población en mayor situación de riesgo.

En el informe de la OMS, se cita el caso de China, donde los trabajadores y las trabajadoras sanitarios han reportado niveles elevados en depresión (50%), ansiedad (45%) e insomnio (34%) durante la pandemia. En Canadá, al menos el 47% de los trabajadores y trabajadoras sanitarios han solicitado ayuda y soporte psicológico.

La OMS muestra una preocupación especial por los niños y adolescentes, citando los casos de Italia y España donde las familias han notificado dificultades en la atención y la concentración, irritabilidad, nerviosismo y cansancio entre este segmento de la población.

Por otra parte, no menos preocupante, las medidas de confinamiento han supuesto un aumento del riesgo de situaciones de abuso y violencia en la infancia, pero también entre la población adulta, especialmente entre las mujeres.

Los niños y las niñas con algún tipo de discapacidad y aquellos otros que viven y trabajan en las calles son uno de los grupos de población más vulnerables.

©Ani Kolleshi

Entre la población femenina, en numerosos países, el riesgo a padecer alteraciones psicológicas viene unido al estrés que supone que las mujeres deban compaginar el trabajo con el trabajo en casa, las tareas domésticas y la ayuda a los hijos con los deberes de la escuela. También las personas ancianas y sobre todo aquellas con condiciones previas de salud mental, forman parte de la población más expuesta.

Un estudio realizado con población joven de Reino Unido con historias clínicas previas con necesidades de trastornos mentales, señala que el 32% de ellos estaban de acuerdo en que la pandemia había hecho mucho más compleja su situación.

Otro elemento a tener en cuenta es el consumo de alcohol o substancias estupefacientes, otra de las áreas de preocupación de los equipos de salud mental. La estadísticas de Canadá indican que el 20% de la población entre los 15 y los 49 años ha incrementado su consumo de alcohol durante la pandemia.

Interrupción de los servicio de atención en salud mental

El incremento de las personas que demandan soporte psico-social ha ido acompañado por la interrupción o discontinuidad en los servicios de salud mental en muchos países, así como la reconversión de estos servicios y sus instalaciones en centros dedicados al cuidado de enfermos de la COVID-19. Más allá de estos servicios, la OMS alerta de la interrupción de otros servicios complementarios, pero no menos importantes, relacionados con grupos de autoayuda en temas relacionados con el consumo y dependencia del alcohol y de las drogas que en muchos países han debido dejar de celebrar sus encuentros durante meses.

El Director General de la OMS ha sido claro al respecto al señalar que “las necesidades de salud mental deben ser tratadas como uno de los elementos principales de la respuesta frente a la pandemia”, añadiendo que “el cuidado de estas personas es responsabilidad común de los gobiernos y de la sociedad civil con el soporte de la totalidad del Sistema de Naciones Unidas. El fallo en brindar cuidados emocionales a estar personas implicará y tendrá repercusión en severos costes en términos sociales y económicos para la sociedad”.

Encontrando caminos para proveer servicios

En términos concretos, es critico que las personas que viven con afecciones relativas a la salud mental deben seguir teniendo a su disposición el acceso a los servicios y tratamientos. Los cambios en las aproximaciones a la provisión de los cuidados de salud mental y soporte psico-social están mostrando, según el Dr. Adhanom Ghebreyesus signos esperanzadores y de funcionamiento más o menos normalizado en muchos países.

En Madrid, donde más del 60% de las camas destinadas a salud mental fueron convertidas en camas de atención a enfermos con problemas derivados de la COVID-19, las personas con condiciones graves y severas de salud mental fueron trasladadas a otros centros, caso del hospital Gregoria Marañón y, en algunos casos, a clínicas privadas para garantizar la continuidad de los tratamientos y cuidados. Los gestores locales identificaron la emergencia psiquiátrica como un servicio esencial para mantener a los trabajadores de salud mental al cuidado de sus pacientes mediante seguimiento y prestación de servicios a través de la teleasistencia. También es cierto, y de algún modo criticable, que se retirasen efectivos de salud mental para destinarlos exclusivamente al tratamiento de emergencia en la pandemia. Equipos de Egipto, Kenia, Nepal, Malasia y Nueva Zelanda, entre otros, han reportado la creación de un soporte reforzado y especial para atender a las personas con problemas de salud mental en riesgo.

©Mag Pole

“La reorganización de los servicios de salud mental están ahora necesitados de una dimensión global y esto es una oportunidad para construir un sistema de salud mental que se ajuste al futuro”, ha señalado Dévora Kestel, Directora del Departamento de Salud mental y abuso de sustancias de la OMS. “Esto implica crear y desarrollar planes nacionales que cambien el sistema de cuidados existente y pasarlo de las instituciones a una comunidad de servicios, asegurando la cobertura de la salud mental en los paquetes de seguros de salud y construyendo lo recursos humanos necesarios para ofrecer un sistema de cuidados de salud mental y social en la comunidad”, señala Kestel.

Violencia doméstica

En todo el mundo la violencia doméstica, sobre las mujeres, niños y ancianos, es una lacra. En España, el 016, tras dos meses de estado de alarma ha detectado un incremento del 50% en el número de llamadas y consultas online por violencia machista.

Por su parte, los datos referentes al número de llamadas y consultas online registradas en lo referente a la atención a víctimas de violencia machista ha crecido un 47% desde que se inició el estado de alarma. El Ministerio de Igualdad ha publicado este martes un balance que aporta cifras desde el 14 de marzo hasta el pasado 15 de mayo que señalan que entre ambas vías se han registrado 17.022 peticiones de asistencia, 5.447 más que en el mismo periodo de 2019. A ello hay que sumarle las 1.678 consultas hechas al servicio de apoyo emocional y psicológica a través de Whatsapp puesto en marcha por Igualdad el pasado 21 de marzo. Son cifras alarmantes.

La delegada del Gobierno contra la Violencia de Género, Victoria Rosell, ha incidido en la necesidad de “planificar la fase de desescalada” también teniendo en cuenta la violencia doméstica y de género, aún cuando se aprecien descenso en las consultas y peticiones de ayuda”.

Para Rosell las cifras siguen “corroborando la necesidad de estos servicios” y apunta a que los casos deben detectarse no solo a través del acceso a la justicia, que debe estar “garantizada”, sino “a través de la sanidad, los servicios sociales y la colaboración ciudadana”.

Adolescentes y niños

La Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes) ha recibido entre el 23 de marzo y el 3 de mayo más de 1.440 llamadas de auxilio de niños. Esto supone un 11,6% más en relación con la denuncia de violencia sobre niños y jóvenes en el hogar.

Un 47,7% de estas llamadas estaban relacionadas directamente con la violencia y supone un incremento notable con los datos del mes y medio anterior (36,1%)

Por su parte, los problemas relacionados con la salud mental, sobre todo los casos de ansiedad, tristeza y autolesiones se incrementaron un 23.5%. El dato más preocupante es que los pensamientos suicidas y los intentos de suicidio suponen el 8,3% de ellas, lo cual contrasta con la media del 1,9% en el 2019.

Según el New York Times, en un trabajo de Benedict Carey del 19 de Mayo, “la pandemia del coronavirus es un tipo diferente de cataclismo”

La nueva normalidad implica una proximidad de la muerte, a través del contagio, que no tenia precedentes en las sociedades occidentales desde la Segunda Guerra Mundial o las pandemias de principios del siglo XX.

Algunos investigadores empiezan a señalar que el último marcador del virus serán las víctimas mentales y esto podrá verse en el índice nacional de suicidios en este y en los próximos años.

Numerosos investigadores y profesionales de la salud mental se preguntan si serán la mortalidad por suicidio y la enfermedad de la COVI-19 la tormenta perfecta.

Esta es la pregunta que se hacían, a primeros de abril de este año el Dr. Reger y sus compañeros I.H. Stanley y Th. E Joiner en la prestigiosa JAMA Pschiatry. En ella los investigadores del Sistema de Salud de Seattle, el Departamento de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Washington y el Departamento de Psicología de la Universidad del Estado de Florida, daban cuenta de cómo “los niveles de suicidio han aumentado notablemente a lo largo de las dos última décadas”, teniendo especial incidencia después de la gran crisis económica de 2008.

El riesgo de que las medidas de distanciamiento incrementen los casos de suicidio es real, según estos investigadores.

Hay factores de riesgo concomitantes a la COVID-19, como el estrés económico, el aislamiento social, la dificultad de acceso al soporte de la comunidad o de las entidades religiosas, que multiplican las posibilidades de empeoramiento de patologías previas o incluso pueden desencadenar la aparición de nuevos casos de deterioro de la salud mental.

La recesión planea sobre la sociedad y las evidencias históricas señalan que el índice de suicidios se multiplica en situaciones de poca prosperidad, tal y como señala el trabajo realizado en 2015 por M. Oyesanya, J. Lopez Moringo y R. Dutta para el World Journal of Psychiatry. Además, estos estudios señalan claramente que “el estrés económico sostenido en el tiempo podría estar asociado, por ejemplo en Estados Unidos, a un incremento notable del número de suicidios”.

Las relaciones sociales y la interacción con otros individuos juegan un papel imprescindible en la prevención de las conductas suicidas. “Los pensamientos suicidas y sus comportamientos asociados están relacionados de forma directa con las conductas de aislamiento social y soledad”, señala K.A. Van Orden, y por ello, para Mark Reger, “el distanciamiento social propuesto en todos los países como principal medida frente a la COVID-19, supone en realidad la preocupación más crítica para las estrategias de salud de los especialistas en salud mental”. Para Matthew Nock, profesor de Psicología en Harvard, “no se aprecia solo un incremento en los niveles de ansiedad, sino que la pieza más importante en esta pandemia es el aislamiento social. Nunca hemos sufrido una situación como esta y sabemos que el aislamiento social está relacionado de manera directa con el suicidio”. No podemos obviar que hay una población mundial de más de tres millones de personas con un historial de trastornos autolíticos y autodestructivos y, a este respecto, la visión constate de escenas de dolor, sufrimiento y muerte, pueden activar los instintos de aislamiento y deseo de muerte.

Un reciente trabajo liderado por Senol Demirci, del Departamento de Gestión Sanitaria de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Hacettepe de Ankara (Turquía), publicado en el International Journal of the Society of Psychiatry, señala deforma concluyente que “la crisis económica de 2008 tuvo una significación estadística clara en el aumento de suicidios entre la población de los Estados Unidos”.

En un sentido muy similar se manifestaron los estudios de Antti Uutela, que indicaban claramente que “la crisis económica de 2008, asociada a la pérdida de empleos, se asoció con un empeoramiento de la salud mental entre la población, así como con un incremento significativo en muertes por suicidio.

Hay, además, decenas de investigaciones realizadas a lo largo de todo el mundo por diferentes equipos de investigación que coinciden en señalar la relación inequívoca entre crisis, desastres, pandemias y empeoramiento de la salud mental y especialmente con el aumento del número de suicidios.

Un dato de gran trascendencia para el individuo con ideaciones suicidas, como señala la OMS es la situación en la que que el paciente de salud mental y sobre todo el suicida encuentra los centros de emergencias cuando acude a ellos. Con la crisis de la COVID-19, muchos centros de salud mental han sido reconvertidos en centros de atención del coronavirus, dificultándose incluso el acceso a los cuidados de salud mental de los pacientes. “Es es algo realmente negativo y contraproducente y podría llegar, junto al aumento de las medidas de aislamiento social de los pacientes de salud mental, a generar un incremento en los nuevos intentos entre supervivientes de suicidio”, señala Mark Reger.

Reger, Stanley y Joiner coinciden en su trabajo en que “las coberturas periodísticas 24/7 de la pandemia incrementan notablemente los indices de ansiedad y añaden un estrés adicional, sobre todo en aquellos individuos con problemas de salud mental previos”. Esta es una situación muy preocupante, sobre todo cuando la carrera mediática, centrada muchas veces en mostrar de forma cruda e innecesaria la crisis sanitaria, con un aumento de imágenes de muertos, ataúdes, centros de atención médica saturados o personas llorando o sufriendo, está demostrado clínicamente que incita a los pensamientos suicidas a algunos individuos.

Cómo afecta la pandemia a la salud mental de los profesionales sanitarios

Otra vertiente poco tratada es la de las tasas de suicidio y problemas de salud mental entre los profesionales sanitarios. En un reciente trabajo, liderado y publicado en PloS One por F. Dutheil, C. Aubert y B. Pereira, relativo al “suicidio entre médicos y trabajadores sanitarios” quedó atestiguado que estas profesiones están relacionadas con índices elevados de suicidio, sobre todo entre las mujeres de este sector profesional. “Aún cuando los niveles de suicidio entre médicos y personal sanitario han descendido de forma notable en Europa en las últimas décadas, el número de médicos que comenten suicidio o que llegan a tener ideaciones suicidas a lo largo de su carrera tiene una elevada prevalencia en el sector”, señala F. Dutheil. “Este riesgo parece estar incrementándose dependiendo de los factores de estrés añadido por la COVID-19”, señala Reger, “sobre todo cuando hay establecida entre la profesión sanitaria una cultura de la ocultación y de no buscar ayuda”, matizan Dutheil y sus colegas.

Es muy importante señalar el evidente sesgo de género en este sector profesional. Algunos autores, como Keith Hawton, del Centre for Suicide Reasearch de la Universidad de Oxford señalan que “hay un dominio heteropatriarcal asociado a la profesión médica que podría estar en relación con el mayor índice de suicidios entre mujeres que entre hombres dentro del sector sanitario”. En el conjunto del Sistema Nacional de Salud británico (NHS), Hawton señala “un claro patrón asociado a los suicidios entre las profesionales sanitarias. Un patrón que debería ser monitorizado con detalle y sobre todo tenido muy en cuenta para el futuro inmediato”

Para Mark A. Reger, un dato muy importante a tener en cuenta en relación con la COVID-19, es que “se ha observado una tendencia general al incremento de suicidios a finales de la primavera e inicios del verano en todo el hemisferio norte. Esta coincidencia estacional con el pico de la enfermedad por coronavirus podría tener consecuencias letales en cuanto a la salud mental en los próximos meses, por eso debería ser objeto de un estudio adicional y de preocupación constante”.

Reger y su equipo proponen una serie de medidas que permitan prevenir las actitudes suicidas. Entre ellas aplicar el distanciamiento físico, pero no el social. Mantener a las personas interconectadas, por teléfono y en la medida de lo posible a través de videoconferencias, sobre todo entre aquellas personas en mayor riesgo.

También debería contemplarse el uso de la teleasistencia en salud mental. Aquí, como en la cuestión de las medidas para evitar el distanciamiento social, hay una enorme incidencia de la brecha tecnológica, como señala Mark Reger, “sobre todo en las áreas rurales, donde la velocidad de acceso a internet o incluso el mero acceso a las redes puede significar que un núcelo importante de la población en mayor riesgo quede fuera de este tipo de cobertura”

También es clara la opinión de la Dra. Marianne Goodman, Psiquiatra del Departamento de Veteranos, citada por Benedict Carey en su trabajo sobre el tema para el New York Times publicado el 19 de Mayo. Para ella “habrá un descenso de suicidios durante la actual crisis sanitaria, para incrementarse a largo plazo con el impacto económico que está por llegar”.

A este nivel, otros especialistas, como el Dr. Owen Muir, cofundador de Brooklyn Minds, señalan una situación en la que “parece que los pacientes con cuadros clínicos de salud mental están reaccionando de una forma positiva ante la crisis sanitaria del coronavirus”.

Parece ser que el verdadero problema con la salud mental y los suicidios podría estar asociado a la post-pandemia; el momento en el que la situación médica se normalice y nos golpee la crisis económica y social sin precedentes que se nos viene encima. A este respecto, la ex-directora de la Comisión para la prevención del suicido en Puerto Rico, Alicia Méndez es clara y señala que le preocupa el posible “aumento de las tasas de suicidio debido a los problemas económicos que ya empiezan a emerger”

Un espacio para el optimismo

Para Reger y su equipo, hay, no obstante un espacio abierto para el optimismo. Los autores señalan que se aprecia un decrecimiento en los índices de suicidios después de algunos destastres nacionales, como el 11-S. Las hipótesis manejadas al respecto señalan que la puesta en marcha, mecánica, del efecto conocido como “remando juntos” tras diferentes tipos de desastres ayudan también a que disminuyan los casos de suicidio. “En el caso de esta pandemia, alteran la visión personal de la salud y la mortalidad, convirtiendo a la vida en algo más valioso, la muerte algo más aterrador y por su parte el suicidio como algo menos deseable”, señalan.

Resulta vital recordar a toda la ciudadanía que estamos ante un necesario aislamiento físico pero no emocional. “Es más importante que nunca cuidar de la salud mental”, señala Nydia Capass, directora del Programa de Psicología en Atención Primaria de la Universidad Ponce Health Sciences. Para ella es imprescindible filtrar la información recibida. “Hay que ser muy selectivo con la información y con el tiempo que se le dedica a las noticias y las redes sociales. Hay que prevenirse contra la sobrecarga informativa, que podría llegar a elevar hasta niveles intolerables nuestra ansiedad”, señala Capass.

La recomendación de la OMS es continuar con las políticas de soporte a la comunidad y el fortalecimiento de la cohesión social para reducir la soledad, sobre todo entre los colectivos más vulnerables, como los ancianos. Este soporte debe ofrecerse desde los gobiernos, las autoridades locales, el sector privado y también los miembros de la comunidad. Estas acciones deberían concretarse en el reparto de paquetes de alimentos, llamadas regulares de comprobación con las personas que viven solas y la organización de actividades online para la estimulación intelectual y cognitiva.

Recomendaciones para la higiene mental

Las principales recomendaciones de los expertos para mantener una sencilla higiene mental propia y ser de ayuda a los familiares o amigos que podrían estar enfrentándose a un cuadro de empeoramiento de la salud mental, lo vital es actuar de forma preventiva.

Mantener controlado el flujo de información recibida así como tratar de que esta sea contrastada, de fuentes fiables y siempre muy concisa.

Evitar la lectura y sobre todo el visionado de noticias que enfaticen la parte trágica de la pandemia o de la futura crisis.

Mantener el distanciamiento físico, pero no caer en las redes del distanciamiento social.

Aprovechar al máximo la tecnología que nos permite estar más en contacto y sentirnos cerca de aquellas personas que podrían quedar aisladas, sobre todo las personas en riesgo y las de más edad.

Establecer rutinas y planificar el día y la semana.

Mantener la mente ocupada y fomentar las actividades de ocio de las que se puede disfrutar incluso estando en aislamiento físico.

Emplear métodos de manejo del estrés e incluso introducir rutinas de ejercicio, como el yoga, la realización de puzzles o aquellas actividades que impliquen poner en funcionamiento, a un mismo tiempo, la mente y el cuerpo.

Con los niños y los adolescentes hay que manejar la información según se incrementen los niveles de ansiedad. Tratar de normalizar la situación pero sin banalizarla.

Un ejercicio de gran trascendencia y que puede contribuir a hacer más llevadera la crisis e incluso a salvar vidas es tratar de mantener la visión en todos los aspectos positivos de la situación inédita que estamos viviendo y, sobre todo, estar atentos de aquellas personas de nuestro entorno que se puedan quedar más aisladas o de quienes tengamos conocimiento de antecedentes depresivos o suicidas.

Pedir ayuda a tiempo para uno y para los demás nunca es un error.

Por otra parte, que de esta pandemia salga lo mejor de la humanidad y de nosotros mismos no depende nada más que de cada uno de nosotros y nosotras.

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