24 septiembre, 2020

Solo Buen Periodismo

Reivindicamos el compromiso con la sociedad

Un bulo, dos bulos, tres bulos…

Descartes

Pintura oleo retrato Rene Descartes

El bulo como herramienta táctica de desestabilización quizás sea el arma de destrucción masiva del siglo XXI.

Los tiempos de las noticias falsas -o fake news- apoyadas en los históricos bulos, parecen confiados en configurar el futuro de la información mundial, pero sobre todo de la prensa.

El bulo se ha convertido en una suerte de daño colateral asociado a la velocidad con la que los medios desean tener la primicia. El bulo no es cosa novedosa. El bulo existe, con certeza, desde el origen de los tiempos. Podríamos decir que es consustancial al propio ser humano.

El bulo como herramienta táctica de desestabilización quizás sea, no obstante, el arma de destrucción masiva del siglo XXI. No en vano, desde hace más de una década, la difusión organizada e interesada de noticias falsas, ha venido a contribuir a la victoria electoral, a la caída de gobiernos, a la movilización social o al imperio del odio.

Por alguna extraña razón la masa popular prefiere propagar el bulo a detenerse unos minutos a verificar, por su cuenta, el valor real del dato, del vídeo, de la declaración. Parece que es preferible consumir mentiras que pensar.

El bulo se asocia a la ecuación maldita en la que el miedo genera odio y éste acaba derivando en la violencia. Nada más interesado que un bulo estratégicamente situado en un medio de comunicación masivo, o en un canal de whatsapp, más masivo si cabe. Nada más mortal que una Radio Libre de las Mil Colinas colocada en cada dispositivo móvil y ordenador de cada vivienda y susurrando al oído de millones de personas. Nada más devastador que una mentira.

El tiempo de las ‘fake-news’ ha dado paso al contraataque de las ‘fact news’ y de los ‘verificadores de noticias’. Unos y otros han proliferado en nuestros dispositivos electrónicos aún cuando el nivel de consulta no sea aún el deseado. Por alguna extraña razón la masa popular prefiere propagar el bulo a detenerse unos minutos a verificar, por su cuenta, el valor real del dato, del vídeo, de la declaración. Parece que es preferible consumir mentiras que pensar.

El bulo conoce mucha facetas y tiene una faz poliédrica. Una intervención pública oportunamente cortada; una declaración sagazmente sacada de contexto; una entrevista sutilmente mutilada; una fotografía intencionadamente retocada o estratégicamente ubicada en una portada. Todo vale en el mercado de la información acelerada; en el baratillo del texto regurgitado.

En el contexto del coronavirus, hemos tenido oportunidad de atender a bulos de todo pelaje. Bulos procedentes de los más dispares lugares y medios. Bulos extendidos por medios que actúan como verdaderos pregoneros del odio. Bulos difundidos por grupos vecinales que deleitan su confinamiento con el terror trasladado a sus vecinos y congéneres. Hemos asistido a la propagación de bulos médicos difundidos por periodistas y ciudadanos que en un instante parecen haber descubierto, olvidado en un cajón de la cómoda, un viejo doctorado en ciencias por Harvard. Otros, se han convertido de la noche a la mañana en expertos en crisis internacionales. Como se ha venido señalando en estas últimas semanas, se han multiplicado los “capitanes apriori”, los “comandantes y si” y los “doctores liendre”, esos que de todo saben y de nada entienden. Y lo peor de todo es que millones de personas les están haciendo de caja de resonancia. Peor aún es que sean precisamente algunos medios de comunicación quienes alienten, difundan o a veces creen los propios bulos y noticias falsas.

Lo que más asusta de todo esto es el hecho de que muchas de estas noticias falsas, si no todas, tienen un reverso de rentabilización política o económica. Hay un algo de rédito en la difusión interesada, el mismo día que parte de España se disponía a mostrar su disconformidad con la monarquía tras el mensaje televisado del Rey, del bulo de que el Ejército del Aire se disponía a lanzar un potente desinfectante por medio de aviones a las 21:00, la misma hora a la que estaba convocada la cacerolada de protesta.

También hay intereses económicos detrás de bulos como el del valor del dióxido de cloro -o MMS- en la lucha contra el coronavirus. No menos interesados son los bulos que atribuyen a Judy Mikovits, una científica americana la existencia de una cura contra el autismo y una intencionalidad estratégica detrás de la expansión del SARS-CoV-2.

En el fondo, de algún modo se trata de que cada cual, a través de la duda metódica, sea capaz de elaborar el también cartesiano postulado del ser humano: “cogito, ergo sum” (Pienso, luego existo)

En este mundo proceloso de bulos y mentiras, resultan loables los intentos de diferentes grupos y profesionales para crear pantallas de protección contra su difusión. Maldita.es o Newtral son solo dos de estas plataformas. Son enormemente válidas, pero no olvidemos que lo que dota de mayor validez a cualquier verificador es su independencia de los medios políticos, religiosos y económicos. Siempre nos quedará la duda de quién verifica al verificador…y siempre podrá cualquier ciudadano elevar esa pregunta ante la discusión familiar o grupal para denostar la labor encomiable de lucha y desmontaje del bulo.

Pero ahí mismo radica el principal problema de la verificación. Lo más triste de este asunto es que el verificador por excelencia debería ser el propio ciudadano, la propia persona, el propio lector. El ejercicio diario de la inteligencia, sobre todo durante esta tediosa condena que es el confinamiento, debería ser la del principio cartesiano de la duda metódica. Esa misma que nos permitiría poner en marcha las neuronas de nuestros cerebros para tratar de analizar personalmente qué hay detrás de cada noticia. Quién es quien la difunde y por qué lo hace.

Y como parte de nuestro compromiso con el lector y con la sociedad, eso es lo que trataremos de hacer desde aquí. Mostrar el análisis básico que cualquier ciudadano podría y debería hacer al enfrentarse a una noticia sospechosa. Claro, que eso nos planteará también la necesidad de reflexionar sobre nosotros mismos…sobre nuestras creencias, sobre nuestro código de valores…En el fondo, de algún modo se trata de que cada cual, a través de la duda metódica, sea capaz de elaborar el también cartesiano postulado del ser humano: “cogito, ergo sum” (Pienso, luego existo)

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